Es más que sabido que la música, realmente, no existe en la partitura, sino cuando suena. El compositor escribe unas indicaciones imprescindibles, pero que no pueden reflejar los infinitos matices del sonido vivo. Y ahí es donde entran los intérpretes. La interpretación musical tiene unos límites; muy amplios, en los que se reconoce la “voluntad de estilo”, el sello personal, de los ejecutantes. Pero, por amplísimos que sean, los límites no son “ilimitados”. A menos que se avise de una versión exótica o “paródica” (estoy pensando, por ejemplo, en el famoso CD, homenaje a Albert Schweitzer, Lambarena, de un J. S. Bach con ritmos africanos; o las versiones jazzísticas de Jacques Loussier, solo o con su Trio, del propio Bach, Mozart, Vivaldi...), el público tiene derecho a escuchar las obras que se le anuncian. Y no es tolerable que la…
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