Tras el primer encuentro, superada la expectación de lo novedoso y una vez asumido lo que nos habían repetido hasta la saciedad: que nos encontrarnos ante la brillante y joven estrella-promesa dirigiendo a la prestigiosa orquesta sueca; en esta segunda velada podíamos darnos el lujo de centrar nuestro interés en desentrañar los verdaderos atributos y valores puramente musicales -más allá de toda imagen comercial- de las figuras que teníamos ante nosotros, sobre todo después de la exigua calidad de los resultados apreciados la noche anterior. Un interés que se vio cumplido satisfactoriamente, dada la notoria calidad de las distintas interpretaciones. Parecía como si el peso de la responsabilidad mediática hubiera cedido su espacio a la concepción puramente abstracta e impersonal del hecho musical, a pesar de la notable y persistente…
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