Buenos Aires en pleno invierno es una hermosa ciudad. El frío es agradable y no lastima, el cielo es muy azul y da gusto largarse a caminar siempre que a uno no lo perturben los mendigos, los repartidores de volantes publicitarios, los vendedores ambulantes de los más variados rubros y, desde hace pocos días, los refugiados de la guerra de los Balcanes. Sí, comenzamos a ver gente de Rumania, Albania y otros lugares que se instalan en puntos estratégicos de las grandes avenidas con carteles escritos con caligrafía temblorosa en los que dan cuenta de su situación y piden ayuda. Me impresionó particularmente una criatura de no más de ocho años que toca un acordeón casi de juguete durante largas horas, al parecer sin fatiga, en plena Avenida Santa Fe, una de las más importantes de esta ciudad.Pero en esta ciudad, en la que se ve a la gente…
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