La de Bach, obra de un compositor en plena madurez. La de Schumann, juvenil. La de Brahms, casi testamentaria. De las tres, sólo la última con el título de fantasía. Pero a ver quién le quita ese calificativo a cualquiera de las de Bach, incluso cuanto más escolásticas sean. Y a ver quién no le concede el adjetivo fantástico a la exhuberancia de la Tercera sonata schumanniana. Las tres composiciones se mueven en un terreno en el que los aspectos ingeniosos o aparentemente caprichosos son desbordantes. Y las tres responden perfectamente a la acepción de fantasía como grado superior de la imaginación creadora o combinadora. Sin embargo, no es menos cierto que las tres se sustentan sobre unas leyes constructivas tan sólidas como poco tradicionales. Bach llega donde nadie. Schumann reinventa la forma de sonata desde la digresión. Y Brahms…
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