España - Canarias

El patoso emperador y el mundo de nunca jamás

Sergio Corral
lunes, 27 de septiembre de 2010
Lars Vogt © Cedida por RFG Lars Vogt © Cedida por RFG
Las Palmas de Gran Canaria, viernes, 17 de septiembre de 2010. Auditorio Alfredo Kraus. Lars Vogt, piano. Orquesta Filarmónica de Gran Canaria. Stéphane Denève, director. Ludwig van Beethoven, Concierto para piano nº 5 ‘Emperador’. Antonin Dvorák , Sinfonía nº 9 ‘Del Nuevo Mundo’. Temporada 2010/2011
0,0001269 Este año, los programadores de la nueva temporada de la OFGC han decidido renunciar a poner un título global a la temporada, vistas las incongruencias producidas entre las obras programadas y el motivo conductor de la pasada edición. A cambio, se ha optado por resaltar el título individualizado para cada velada. En esta ocasión para el concierto inaugural se eligió el de “Nuevos Mundos”.

Con este epigrama se ha querido quizá mencionar la importancia que estas obras han tenido en el transcurso de la historia de la música clásica -importancia siempre sujeta al criterio subjetivo del más entendido- porque si nos atenemos al aspecto meramente interpretativo la novedad brilló por su ausencia, siendo testigos de unas lecturas mustias y torpes en ocasiones, por no decir rayanas en la mediocridad. ¿Tendrían que ver estos lamentables resultados con el incuestionable gancho y popularidad -evidenciados en la gran asistencia registrada- de estas composiciones?

El ímpetu, la nobleza y la grandiosidad que se le suponen al Quinto concierto para piano de Beethoven y que llevó a J. B. Cramer a ponerle el sobrenombre de “Emperador” -como se cita en las notas del programa de mano- se vieron transformados, por obra y desgracia del director y el pianista, en un batiburrillo de imprecisiones; con unos tempi construidos a marchas forzadas y poco naturales, evidenciando la insuficiencia de ensayos previos. Pero claro, ya sabemos -porque lo hemos presenciado en otras ocasiones- que estas grandes obras del repertorio son el escenario adecuado para que estos descuidos puedan maquillarse perfectamente, despachándose a gusto con un exhibicionismo de libro que impresione al más pintado; siempre con el adecuado aditamento del gesto afectado y pretenciosamente solemne.

Lo mismo podemos decir de lo escuchado durante la interpretación de la Sinfonía de Dvorák. Su popularidad no es óbice para que se procuren siempre lecturas renovadas que aporten ese “algo más” siempre posible en la música clásica. Los vicios del concierto beethoveniano se repitieron, aunque de manera más atenuada, durante los dos primeros movimientos de la obra del maestro checo. Mucho más notables fueron el ‘Scherzo’ y el ‘Allegro con fuoco’ final -con destacada participación de los metales- porque en ellos pudimos ver algo de luz en tan aciaga velada. Aún así, la lectura en su conjunto no trascendió los cánones de una interpretación trillada y resultona.

Un concierto más. Se han cumplido las expectativas de asistencia y el respetable ha tenido su buena dosis de “clásicos populares”. Los organizadores pueden sentirse satisfechos: este compromiso se ha resuelto con éxito. Porque, al fin y al cabo, lo que permite evaluar hoy en día la idoneidad -que no la calidad- de un producto cultural como la música es que la misma permita contestar satisfactoriamente a las preguntas: qué o para qué, y no cómo. Contestándose y rigiéndose la última de estas incógnitas por los sencillos criterios de la honestidad, la veracidad y el sentido común.
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