Ivo Pogorelich es un divo del teclado: nunca se sabe si realmente va a salir a tocar, y hay que tener preparado un sustituto por si acaso. Si aparece en el escenario, es probable que cause irritación con sus excentricidades interpretativas, que siempre trufará con momentos mágicos, lo que provoca que el público termine con una sensación mucho más molesta que si pudiera machacarlo directamente. Hay mucho talento e imaginación, pero faltan comprensión, rigor y sobre todo modestia.El Concierto para piano n.º 2 de Chopin fue un claro ejemplo de todo ello: primer movimiento letárgico, trabado, sin fluidez. Melodías deformadas y casi irreconocibles. Pero en pasajes de protagonismo del solista, aislados, aparecen sonidos recogidos, bellísimos, sorprendentes. No sé si eso es Chopin pero, quizá en contraste con la propia abundancia de desatinos,…
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