El propósito de estas líneas no es explayarse sobre los problemas internos del Teatro Colón. Persiguen, en cambio, ensayar una justificación, para mí evidente aunque para muchos irritante, sobre la existencia misma del Colón y sobre la necesidad de que el Estado lo sostenga.Es un lugar común acusar al Colón de elitista, y creo que justamente son los lugares comunes los que inhiben la posibilidad de pensar. En el mes de agosto un célebre comunicador social arremetió una vez más contra el Colón y solicitó públicamente su cierre, demolición, conversión de su predio en una plaza pública y la propuesta de que el Estado lleve todos los años a sus doscientas familias de abonados (sic) a ver ópera a Europa, lo que resultaría más económico que mantener la sala abierta. Semejante irresponsabilidad no puede ser tomada con humor y merece por lo…
Comentarios