La primera historia es bien conocida: el Washington Post se preguntaba si la belleza es capaz de llamar la atención en un contexto banal y en un momento inapropiado, y aceptando el reto, el 12 de enero de 2007 Joshua Bell (Bloomington, Indiana, 1967), en pantalón vaquero y gorra de béisbol, se puso a tocar su Stradivarius en una boca de metro de la capital federal norteamericana minutos antes de las ocho de la mañana; durante los tres cuartos de hora de su “actuación”, apenas unos pocos curiosos se acercaron a él para escucharle un momento, dejándole propinas por valor de 32 dólares en el estuche del violín. Ignoro cuales fueron sus honorarios de esta noche, pero a fe que se los ganó con creces. Porque a cambio Bell nos regaló belleza en cantidades que fueron más allá de la esplendidez. El maestro Bychkov le sirvió la breve introducción…
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