Si lo hubiera sabido no me movía de Londres, pero ya era tarde para volver atrás cuando comencé a cruzar la resbaladiza planicie helada de la Opera de Amsterdam, donde la nieve me obligaría a pernoctar luego del Fidelio con regie de Robert Carsen. ¡Y nada de avión para ver la misma ópera en Munich en la puesta de Calixto Bieito, sino un azaroso viaje en tren con varias cancelaciones y retrasos! Sobre estas dos vibrantes incursiones en la obra de Beethoven tuve tiempo para pensar durante las horas de tren y ferry que reemplazaron mi vuelo de regreso a Londres. Contra el suave e insistente blanco de la nieve, los personajes de Carsen y Bieito se presentaron con inusual nitidez en sus encrucijadas existenciales, y también otros directores de escena enriquecieron mis reminiscencias. ¿Cómo valorar esta creación única, tan propensa a…
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