De todos los posibles lugares en los que se puede asistir a un concierto, es difícil encontrar uno más extraño y surrealista que el acuario de un museo científico. De entrada, asombra la extraña lividez de la luz artificial que ilumina fantasmalmente la sala desde el interior de los tanques. Luego, el incesante zumbido de las bombas que hacen circular para su depuración el agua de los tanques hace dudar sobre si se podrá tener una correcta audición. También es curiosa su disposición espacial como sala de conciertos: el público queda separado por las gradas y dividido en dos grupos que forman un ángulo recto y los músicos se sitúan en el cruce de ambas perpendiculares. Resulta casi doloroso el contraste entre los curvos movimientos de los animales, en el continuo deambular por su prisión, con tanta y tan abrumadora perpendicularidad de…
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