España - Aragón

Marc-Antoine Charpentier, un musicien naif

Xoán M. Carreira

martes, 31 de mayo de 2011
Zaragoza, martes, 3 de mayo de 2011. Real Capilla de Santa Isabel de Portugal. Vincent Lièvre-Picard, alto, Sébastien Obrecht, tenor, y Jean-Manuel Candenot, bajo. Les Passions. Jean-Marc Andrieu, director. Marin Marais, Suite pour deux dessus et basse continue. François Couperin, Extraits du 3ème Concert Royal. Marc-Antoine Charpentier, In circuncisione Domine H.406, Litanies de la Vierge H. 48, Salve Regina H. 23 y Magnificat H. 73. XII Festival Música Antigua
Entre el 1 y el 20 de mayo se ha desarrollado en Zaragoza el Festival Música Antigua que se celebra en la Real Capilla de Santa Isabel, y que en esta duodécima edición presentó cinco conciertos de Al ayre español con María Espada, Les passions, Marisa Esparza y Laura Puerto, Enrico Baiano y la orquesta barroca Los músicos de su Alteza que son los anfitriones del Festival y que en el día de clausura interpretaron el Himno de Santa Isabel, Reina de Portugal de José de Nebra (1702-1768), recuperado para la ocasión por su director musical y director del Festival, Luis Antonio González.

El programa que nos proponía en esta ocasión Jean-Marc Andrieu con Les Passions bajo el título-máscara De Paris à Versailles es una selección de cuatro motetes de las Melanges [misceláneas] de Marc-Antoine Charpentier, conservados en la sección de Manuscritos de la Bibliothéque Nationale de Francia. Interpolados entre los motetes, el ensemble instrumental de Les Passions interpretó sendas obras instrumentales de Marin Marais y François Couperin con el excepcional sentido de la proporción y el savoir faire que los han erigido en uno de los grupos de referencia en este repertorio.



Fotografía © 2011 by Albert Huc de Vaubert

Los cuatro motetes seleccionados por Jean-Marc Andrieu, el primero de elos dedicado a la circuncisión de Jesús y los otros tres de temática mariana, ofrecen una perspectiva absolutamente novedosa -por lo menos para mí- sobre la personalidad y la música de Marc-Antoine Charpentier, muy especialmente las dos obras "a trois voix pareilles", las Litanies de la Vierge y la Salve Regina, que me ratificaron en una impresión que adquirí hace treinta años, cuando investigaba fondos musicales en archivos eclesiásticos. Que la devoción mariana produjo algunas de las perlas más sencillas, pero más hermosas que contienen esos archivos, como si para la música dedicada a la Madre reservasen los Maestros ibéricos su mejor inspiración melódica y armónica. A juzgar por estas sencillas devociones para tres voces iguales, el gran Charpentier también gustaba de ejercer de musicien naif cuando la ocasión y la emoción eran propicias. Y no menos propicia fue la cuidadosísima interpretación de Vincent Lièvre-Picard, Sébastien Obrecht y Jean-Manuel Candenot, que nos hicieron musitar alabanzas de la enorme dificultad que entraña la sencillez y la casi inalcanzable complejidad de la espontaneidad, de la naturalidad.

El concierto terminó con el cénit de la retórica mariana: el Magnificat. Esta es la oración en la que María acepta su condición de madre de Jesús al tiempo que de mujer humilde, que sólo por la gracia divina -no por sus méritos o su santidad- se ha engrandecido. Aspecto este que tiene especial importancia junto con el perfil profético del Magnificat desde la perspectiva de Charpentier como hombre del siglo XVII. Me interesó y me fascinó la interpretación de Andrieu en su doble condición de filólogo musical y de ejecutante, dos aspectos que se fusionan en un formidable concertador y director capaz de recrear, trasmitir y hacer comprender al público el texto y el contexto de una obra tan sutil y compleja como es el Magnificat de Charpentier.

Un logro tanto más valioso cuanto que se trataba de un público heterogéneo en el que se mezclaban gozosamente musicólogos expertos en la música vocal del siglo XVII junto a los más sencillos aficionados musicales que -por lo que pude escuchar en la cola formada a la entrada- se habían apuntado al festival casi de casualidad. Por mi parte, participar del gozo espontáneo de un público tan diverso me gratificó tanto como la propia interpretación musical de Les Passions, y me compensó sobradamente el largo viaje hasta Zaragoza.

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