Corría el año 1937 y Reynaldo Hahn aún se dolía de que un Offenbach frívolo y casquivano hubiera desterrado de París encomiables sentimientos como la nostalgia. No le faltaba razón. Si alguien simboliza la joie de vivre, la perversa combinación de lascivia y autocomplacencia del Segundo Imperio, ése no es otro que Jacques Offenbach, el genial judío cuya música nos devuelve a los bulevares del barón Haussmann, a la impudicia de la marquesa de la Païva y a las sensuales esculturas de Carpeaux. Por más que razones puramente comerciales hayan llevado a sus promotores a vender este recital como un recital Felicity Lott, lo cierto es que el programa recientemente ofrecido en el Real representa, en puridad, un extracto de la trayectoria de esas operetas de Offenbach, sinónimo de molicie y disipación, cuyo testigo, años más tarde, recogerían…
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