Está claro que en estos momentos del mundo lírico no es fácil poner en pie una obra de Wagner, y mucho menos esa cumbre del género que se llama Tristán e Isolda. A la ya conocida falta de tenores que asuman los papeles protagonistas con totales garantías, se une la corta vida musical, si exceptuamos a unas poquísimas grandes, de la soprano wagneriana actual. ¿Cómo enfrentarse entonces al reto de poner en escena una obra de la magnitud y profundidad musical de la que nos ocupa? Seguramente a golpe de talonario y con mucha suerte. No sé cómo andará de fondos la ABAO (Asociación Bilbaína de Amigos de la Ópera) en estos tiempos de crisis, pero de suerte, esta vez ha ido escasa. Y no es por que no apostara por profesionales que mañana pueden cantar en Nueva York o Londres, sino porque la crisis vocal es tan grande que hace difícil oír un…
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