La primera vez que una ópera de Rossini ha llegado a la sala principal del Palau de les Arts lo ha hecho con una producción estrenada en 1998 en Pésaro. A cargo de Luca Ronconi, tiene entre sus virtudes el que sin ser ni mucho menos clásica, difícilmente va a envejecer. Y es que Ronconi ha sabido mixturar con maestría los aspectos fabulosos de la historia con los realistas o sociales que sin duda ésta también tiene. Una buena dosis de causticidad sirve, paradójicamente, de argamasa y no falta magia ni espectacularidad. Para los cantantes, eso sí, la casa de Don Magnifico, un caos de muebles amontonados a diferentes alturas, el reto, al menos visto desde el patio de butacas, está en no dar con sus huesos por el suelo, pero a cambio esta disposición estratificada posibilita diversos juegos espaciales según el lugar desde el que se…
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