Ante la poderosa obertura de Una vida por el Zar ya podíamos advertir los tres elementos que destacarían en mayor o menor medida a lo largo del concierto: la seguridad de la ejecución, la intensidad rítmica y, sobre todo, la calidad tímbrica. Tanto batuta como orquesta ofrecieron una gama de matices sonoros, de 'colores', que desde luego fueron la base del gran nivel interpretativo ofrecido con el programa seleccionado. En los últimos años este aspecto, la mera calidad de sonido, ha sido perfeccionado de forma notoria por la formación cordobesa. Al menos así opina quien esto suscribe que, si bien no ha podido seguir de forma continua sus últimas temporadas, precisamente por esta razón ha percibido este aspecto más que ningún otro en las audiciones a las que periódicamente ha asistido. Por lo que respecta a la obra de Glinka, aquí…
Comentarios