Volodin guarda una distancia respetable con el piano. Su espalda, muy recta, tanto que cuando deja de estarlo casi parece tender más a una relación convexa que cóncava con el teclado. Las muñecas, a veces muy bajas. Y los dedos, sólo los dedos, para tratar a Schubert. De una forma muy ligera, tanto por la pulsación como por la velocidad elegida. De algún modo es como si estuviera mirando al siglo XVIII, lo que no resulta en absoluto descabellado. Pero es que entonces hace sonar unos Impromptus cuya melodía suena nítida aunque mecánica y sin reparar en gradaciones de color en el acompañamiento ni en sutilidades rítmicas. Así, radicalmente “antiafectada”, su lectura no encuentra momento para respirar, para llevar al oyente por un viaje que debería estar hecho de matices sutiles y expectaciones más o menos confirmadas. Y Schubert se ve…
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