La diferencia más importante entre los festivales de Viena que visitaba en los setenta y el de este año, la noté entre los filarmónicos de la célebre orquesta local, ya sentados en sus atriles a la espera de Daniel Barenboim. Como concertino le tocaba esa noche a la genial Albena Danailova, y después del concierto ningún miembro de la orquesta volvería a refunfuñar como hasta hace poco les escuchaba hacerlo en charlas de café: “Ach! ¿las mujeres? ¡Ni pensar! ¡No tienen firmeza en la muñeca para el arco. ¡Ese sonido blanduzco y amanerado! ¿Y se imagina usted los problemas que tendrían cuando vamos en gira? Esos días cada mes en que no están bien, y los líos con la familia para las madres con niños pequeños.”
Oficialmente las opiniones en el sentido de que esta orquesta era de machos o no era nada, fueron registradas por Paul Fürst en un…
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