He estado muchas veces en Colonia y todavía me apabulla la vertiginosidad del fin del viaje ferroviario, con esa sorpresiva confrontación con la Catedral no bien cruzado el puente del Rin y salido de la Estación Central. En Colonia no es necesario ese típico ambular de turista que, recién salido del tren, debe consultar mapas para identificar el emblema ciudadano fundamental. En mi último viaje se agregó a la aparición súbita de esta fortaleza católica, la pompa de una monumental procesión de Corpus Christi. En contraste con la masa neogótica cenicienta del “Dom” y la reconstrucción algo sosa de los edificios circundantes, fulguraban los rojos de las sotanas cardenalicias, y los estandartes de corporaciones artesanales y estudiantiles. “Los maestros cantores…” musitó una acompañante, en alusión al fin de fiesta que me esperaba por la…
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