Si Joseph Conrad hubiese querido dar a su itinerario a través de las tinieblas un carácter de peregrinaje en busca del corazón de la heterodoxia musical, bien podría haber imaginado en las regiones más recónditas del Congo a una suerte de Kurtz con los rasgos de Glenn Gould, personaje que en sus últimos años de vida también se apartó de cuanta convención había transitado en su juventud, para trascender a un espacio marcado por el distanciamiento de todo cuanto no fuera la esencia misma de la música, despojada de cuanto la condiciona como liturgia escénica y social. De ese modo, en la revisión fílmica de Coppola el capitán Willard no se hubiese encontrado con un robusto Brando más allá del bien y del mal en las selvas indochinas, y sí con un pianista recluido en un estudio que al volcarse sobre el piano con sus dedos interminablemente…
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