Inmersos estamos ya en la temporada 2012-2013 de la Real Filharmonía de Galicia; con una programación, como siempre desde el nacimiento de esta orquesta, marcada (salvo contadas excepciones) por el conservadurismo, la obsesiva repetición de compositores (y obras), y la falta de audacia para hacer del auditorio compostelano una verdadera casa de la música, en la que ésta se vivencie como el hecho de largo recorrido histórico que ha sido (y es) en Europa: con un pasado y un presente más allá de la insidiosa reiteración de partituras (y enfoques interpretativos de las mismas), sin que la dirección artística de la orquesta, sus gestores, o los responsables políticos del Consorcio de Santiago sean capaces de romper una dinámica que se perpetúa desde hace lustros haciendo que la orquesta carezca de trascendencia en el resto del continente.
Preci…
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