Hacía muchos años que no visitaba el auditorio Manuel de Falla en Granada. Fuera, aunque el acceso a las instalaciones es incómodo, la subida hacia el Carmen de los Mártires es una recreación para la vista, el oído y el olfato que hace desaparecer esos pequeños inconvenientes. Y dentro, a la sala de conciertos se le notan los años, pero la notable afluencia de público joven lo compensa con creces, y en cuanto empieza la música su acústica sigue siendo un regalo para el espectador. No para los músicos, porque esa sala suena como un espejo: se oye todo, incluso lo que no debería oirse, de modo que todos tienen ahí trabajo extra. También hacía otros tantos años que no escuchaba a la Orquesta Ciudad de Granada. Antes del concierto, tenía curiosidad por comprobar qué rumbo ha tomado la orquesta desde los tiempos de Josep Pons; al salir, y a…
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