Después de haber sufrido un invierno especialmente brumoso en Valladolid, Nikolai Luganski pareció hacer un guiño a la ciudad con la obra elegida para empezar el concierto, En la niebla, de Leos Janáček. El estilo de esta composición es intimista, evocador, y está escrita con la altísima calidad a la que el compositor checo acostumbra. En combinación con los Cuatro impromptus D. 935 de Schubert, esta preciosa obra contribuyó a una primera parte del recital plena de recogimiento, de belleza melódica, en contraste con la segunda parte, muy expansiva. Curiosamente, la clave del triunfo estentóreo de la segunda está en el éxito silencioso de la primera. Porque el ruso posee una técnica tan perfeccionada que es capaz de ser útil en piezas tan distintas como las que el -escaso- público tuvo el honor de escuchar. Y es que, cuando se toca un…
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