Yo, que tengo la rareza de no ser savalliano, fui anoche a ver Farnace de Vivaldi un poco mosca. Sobre todo, por la agitación producida en las columnas de El País entorno a esta producción inaugural de la temporada 2001-02 de La Zarzuela, con Savall –la estrella– pintado de sabio apóstol del conocimiento musical, presumiendo de sesentón marchoso, y moderno –por la idea que se le ha ocurrido, como de repente, de que él hace música contemporánea porque la hace ahora. Y, al margen de que esto, en su caso, sea más o menos cierto, y lo enturbie más o menos con ropajes posmodernos, instrumentos preclásicos, pintorescas percusiones prehistóricas y otras concesiones al negocio de la música antigua, tal idea repentina creo que refleja mejor lo que es Savall que lo que fue en esta producción. Porque el caso es que este Farnace de marras le ha…
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