Con los coros de niños ocurre un poco como con los contratenores: se parte de una limitación, y en canto eso es un descomunal lastre para la libertad expresiva que sin embargo puede no ser óbice para triunfar, ya que, a cambio, se ofrece otra cosa: los contratenores parten de la voluntaria eliminación de una extensa zona de su tesitura, lo cual pagan con todo tipo de imposibilidades, pero ofrecen un sonido que al público actual no especializado (el que abunda) le sigue pareciendo entre raro y morboso, lo que se mezcla con un reivindicado atractivo "queer" y que gran parte del negocio musical reside en las grabaciones, lo que les facilita la carrera. La limitación de los niños está, evidentemente, en la edad y en que la parte física de su mecanismo no ha alcanzado su máximo desarrollo, al margen de que puedan ser músicos magníficos. Lo…
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