Tristán es de las óperas wagnerianas que mejor funcionan en versión de concierto: su carácter intimista, su ambientación predominantemente nocturna, y su casi total ausencia de acción hacen de ella una obra en la que resulta fácil prescindir del elemento escénico y concentrarse sólo en el sonido vocal e instrumental. El problema es que ambos sonidos son apabullantes, y el torrente musical discurre sin descanso desde el primer compás hasta el último, de manera que, si bien en escena “no pasa nada”, la información auditiva que recibe el espectador llega continuamente y de manera tumultuosa. Por eso Tristán es agotador para el director, para los cantantes, para la orquesta y para el público (tanto más si, como esta noche, las casi cuatro horas de música opresiva se sirven con entreactos espartanos de apenas veinte minutos). Pero si para…
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