Si es que hasta su porte elegante, ni siquiera minado por una reciente operación de espalda, parecía provenir de otra época. El pianista, enfundado en un atuendo como de antaño (chaqueta blanca, pantalón y pajarita negros), simulaba ser embajador de un tiempo que se diría sereno, augusto y clásico. Como de un clasicismo nostálgico de cine en blanco y negro. Es cierto. Imaginémonos que como en La rosa púrpura del Cairo, la película de Woody Allen, el personaje rompe todos los esquemas y salta de la pantalla a la sala de butacas: genial estructura en abismo. Pues bien, ahí tenemos a Sándor, saliendo de la memoria de un siglo ya pasado para ofrecernos una lección. Como si dijera: "mirad, he vivido dos guerras mundiales y como Bartók, mi maestro, de quien estrené en 1946 su Tercer concierto, me exilié en Estados Unidos. Mi siglo, no os…
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