Resulta cuando menos curioso que un director de la claridad de ideas de Josep Pons pueda llegar a resbalar en una obra de gran repertorio de una manera tan chocante. Pero ocurrió, y no alcanzo a comprender el porqué, después de la magnífica impresión que había dejado en su última visita a Valladolid. No se trató de que los violines no tuvieran su mejor día, aunque el desequilibrio que mostraron nos da una de las claves del fracaso; se trata más bien del concepto del director, que en ningún momento se adaptó ni por pura casualidad a las condiciones de la sala, de la orquesta ni incluso de la escritura sinfónica de Mahler. El principal problema estuvo evidentemente en los tempi, demasiado rápidos en los tres primeros movimientos como para conseguir una sincronización ya no perfecta, sino simplemente decente. Como se ha apuntado, la sección…
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