En una entrevista que el crítico musical Agustín Achúcarro hizo al violinista Teymuraz Janikashvili, publicada en El Norte de Castilla en diciembre del pasado año, este músico afirmaba que "la orquesta vive un despegue importante cuando vienen buenos directores". Ello es absolutamente cierto, pero más que "despegue" yo hablaría de "metamorfosis": en esta Sinfonía núm. 5 de Bruckner, obra muy complicada de montar, no reconocí a esa orquesta habitual, a veces buena, a veces no tanto. Sonó con un equilibrio, con una precisión, con una homogeneidad que la hizo grande, a la altura de la concepción de Eliahu Inbal, que dirigía por primera vez a este grupo (que a su vez nunca había interpretado la Quinta: un reseñable doble bautizo). Asombra sobre todo la capacidad del maestro israelí para fusionar lo discreto con lo desinhibido, y el don de la…
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