Al buen aficionado a Rossini no le hará falta leer esta reseña más allá de la ficha técnica: ahí queda reflejado que el mejor director rossiniano de siempre (que me perdonen Claudio Abbado y Vittorio Gui) ofrece un programa especialidad de la casa -tan coherente como atractivo- a los mandos de una orquesta excelente con la que se entiende –por sangre y por suelo- a las mil maravillas. Es como cuando Alfredo Kraus daba un recital: todo el mundo sabe que no va a fallar nada, que la cosa saldrá a pedir de boca, y que al cronista todos los adjetivos laudatorios le sabrán a poco. Lo importante para ese aficionado, al margen de tales certezas, es renovar el inmenso placer sensorial e intelectual que produce una velada así.
Al aficionado en ciernes tal vez le interese refrescar la memoria para recordar que las obras de esta noche se originan en…
Comentarios