El flautista y director Jaime Martín regresó a la Orquesta Sinfónica de Castilla y León con un programa muy atractivo, lleno de momentos de expresividad y lucimiento, pero también en el que se debía ser cuidadoso por la presencia de un instrumento solista y otro obbligato. Aparte, Petrushka es un ballet lleno de recovecos que debería sonar sutil en bastantes ocasiones. Pero parece que Martín, como es habitual, entendió mejor todo lo que implicaba buena dosis de decibelios antes que el trabajo constructivo que conlleva la dirección musical.
No es cuestión, como opinaba un compañero de butaca, de bajar el volumen en los tutti; se trata de una forma integral de concebir las obras que probablemente debería ser derribada desde los cimientos para conseguir otra cosa. Como ya se mencionó en una crítica anterior, es cierto que la orquesta suena…
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