DVD - Reseñas

Mucho ruido y pocas nueces

Raúl González Arévalo

lunes, 21 de julio de 2014
Charles Gounod: Faust (1859). Jonas Kaufmann (Faust), René Pape (Méphistophélès), Marina Poplavskaya (Marguerite), Russell Braun (Valentin), Michèle Solier (Siebel), Jonathan Beyer (Wagner), Wendy White (Marthe). Coro, orquesta y ballet del Metropolitan Opera House. Yannick Nézet Séguin, director. Des McAnuff, producción. Robert Brill, escenografía. Paul Tazewell, vestuario. Peter Mumford, iluminación. Kelly Divene, coreografía. Sean Nieuvenhuis, vídeo. Subtítulos en inglés, francés, alemán, chino y coreano. NTSC, LPCM Stereo, DTS 5.1 Surround. 2DVDs de 187 minutos de duración. Grabado en la Metropolitan Opera House de Nueva York en 2011. Decca 074 3811. Distribuidor: Universal

Esta producción de Faust se anunció a bombo y platillo con un reparto estelar, una nueva producción del Met y la retransmisión en alta definición. Como todas las emisiones desde el coliseo neoyorkino, ha terminado plasmada en formato audiovisual. Sin embargo, dada la popularidad del título, el resultado en general es decepcionante, salvo por el protagonista.

Dejando de lado las grabaciones sólo audio, en DVD se han comercializado dos producciones que se sitúan a la cabeza de las opciones disponibles. La primera de ellas procede de Tokyo en 1973, cuando al protagonista antológico de Alfredo Kraus se unieron la siempre interesante Renata Scotto, asimismo maestra del fraseo y del acento, y la voz imponente y los recursos efectistas de Nicolai Ghiaurov, otro clásico como Mefistófeles (VAI), muy bien dirigidos por Paul Ethuin. Posteriormente hubo que esperar a que se publicaran las funciones del Covent Garden, ejemplo de interpretación moderna y renovadora desde el respeto a la tradición. En Londres se veían las caras Roberto Alagna -en la mejor tradición de los grandes tenores líricos franceses-, Angela Gheorghiu -Marguerite de insospechadas introspecciones psicológicas- y Bryn Terfel, imponente a pesar de la incomodidad en el grave, magníficamente dirigidos por Antonio Pappano.

¿Qué aporta la nueva grabación de Decca, segunda en su catálogo desde la mítica con Sutherland-Corelli-Ghiaurov-Bonynge de 1966? Integridad absoluta y la encarnación de Jonas Kaufmann. El germano está inscribiendo su nombre con letras de oro en el reducido grupo de intérpretes capaces de pasar del repertorio alemán al italiano y al francés resultando idiomático y en estilo en todos ellos, con una versatilidad al alcance de muy pocos. Tras un magnífico Don José y, sobre todo, un Werther antológico, no llama la atención que quisiera medirse con otro papel fetiche del repertorio galo. El torrente de voz sigue siendo asombroso por volumen, compacidad, homogeneidad y dominio técnico. El filado que interpola en el agudo al final del primer dúo con Margarita merece por sí solo que se conozca su interpretación. El timbre oscuro conviene particularmente al primer acto, que tantos quebraderos causa a los tenores más líricos. En los demás los medios opulentos recuerdan las aproximaciones de Corelli y Domingo, aunque supera de largo a ambos en pronunciación y dominio estilístico. Con todo, con la feroz competencia de Gedda, Kraus, Vanzo y Alagna no se repite el deslumbramiento hipnótico logrado con Werther. Todo en él (canto, actuación, fraseo) es muy bueno, buenísimo, pero en esta ocasión no resulta excepcional.

A buen seguro son responsables un reparto, una dirección y una producción poco estimulantes. Marina Poplavskaya ha alcanzado en los países anglosajones un estatus de estrella y un predicamento a mi juicio absolutamente injustificables. Margarita es un papel que conviene más a sus medios líricos que otros verdianos de corte spinto que se ha empeñado en abordar en el pasado. Sin embargo, tampoco termina de convencer. No se trata sólo de que la voz resulte débil en el centro y ácida en el agudo, sino de que compone un personaje monocromo y aburrido por la falta de matices, hasta lastrar momentos estelares como la canción del rey de Thule, el aria de las joyas, el dúo de amor o el terceto final. Bien es cierto que el papel no da para mucho, pero al margen de las características vocales de cada una, otras artistas más inteligentes han sabido sacarle mucho más atractivo, sobre todo gracias a un fraseo variado e imaginativo, de Victoria de los Ángeles a Angela Gheorghiu, pasando por Mirella Freni y Renata Scotto.

Por el contrario, René Pape sí tendría los medios para ser un diablo de referencia. La voz es amplia, oscura, el grave resonante, el timbre aterciopelado, y el canto poderoso, como demuestra en 'Le veau d’or'. Sin embargo, en demasiadas ocasiones recuerda los modos antiguos de Boris Christoff y Nicolai Ghiaurov, interpretaciones vocalmente monolíticas e impresionantes, y aunque no sobreactúa como ellos, tampoco ofrece el fraseo riquísimo, la variedad de matices y la ironía de Samuel Ramey, José van Dam o Bryn Terfel. Con todo, a su lado palidecen el Valentin genérico de Russell Braun (Simon Keenlyside está imbatible en Londres) y el Siebel flojo de Michèle Loisier.

La dirección de Yannick Nézet Séguin es más efectista que otra cosa, con momentos particularmente ruidosos como la 'Marcha', y otros más conseguidos como el vals del segundo acto. No sería muy grave si no hubiera caídas de tensión imperdonables, como precisamente en el trío final, que debería ser apoteósico, y otros de una cursilería empalagosa, como el dúo de amor. Al menos coro y orquesta se desempeñan con el nivel acostumbrado.

Peter Gelb se ha empeñado (¡afortunadamente!) en renovar las producciones escénicas del coliseo neoyorkino, que destilaban un tradicionalismo inmovilista poco acorde con los tiempos. Las retransmisiones en alta definición le ofrecen además una excusa perfecta, sobre todo por la ambición de captar públicos muy distintos del americano. Como es lógico, unos espectáculos resultan más conseguidos que otros. En esta ocasión se ha trasladado la acción al período de Entreguerras, con un Fausto inventor de la bomba atómica que, invadido por el sentimiento de culpa, bebe una pócima que no le mata pero le hace revivir la pesadilla que le llevó a la construcción del arma, en la que no es otra cosa que un alter ego del espíritu demoníaco que encarna Mefistófeles. No molesta, pero tampoco asombra.

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