DVD - Reseñas

Estratosférico Rossini

Raúl González Arévalo

viernes, 1 de agosto de 2014
Gioachino Rossini: Otello, ossia il Moro di Venezia (1816). Producción escénica de Moshe Leisner y Patrick Caurier. Intérpretes: John Osborn (Otello), Cecilia Bartoli (Desdemona), Javier Camarena (Rodrigo), Edgardo Rocha (Iago), Peter Kalman (Elmiro), Liliana Nikiteanu (Emilia). Coro de la Ópera de Zurich. Orchestra La Scintilla of the Zurich Opera. Muhai Tang, director. Grabado el 12 de marzo de 2012 en la Zurich Opera House. Subítulos en inglés, francés, alemán, español, chino y coreano. LPCM Stereo DTS Digital 5.1 Surround HD 16:9. Un DVD de 156 minutos de duración. Decca 074 3863 3

Frente a las obras maestras cómicas (Barbiere, Cenerentola), el Rossini serio, y en especial el napolitano, cuenta con pocas opciones en DVD. Con todo, poco a poco han ido apareciendo grabaciones de Elisabetta, regina d’Inghilterra (Hardy Classics), Armida (Decca), Mosè in Egitto (OpusArte), Ermione (Kultur, Dynamic), La donna del lago (OpusArte), Maometto II (versión Venecia 1822, Dynamic), y Zelmira (Decca). Faltaban, comprensiblemente, la rarísima Ricciardo e Zoraide (la menos repuesta de todas), e inexplicablemente este Otello. Que no obstante ya conocía buenas grabaciones en audio: a la pionera dirigida por López-Cobos con unos antológicos Von Stade y Ramey (Philips 1978) le siguió la completísima de David Parry (Opera Rara 1999) con Bruce Ford insuperable y William Matteuzzi en declive, y la inesperadamente buena de Antonio Fogliani (Naxos 2008) con el interesantísimo Michael Spyres en el papel titular.

Decca aprovecha el tirón de su estrella más mediática, Cecilia Bartoli, aunque deja escapar la oportunidad de volver a juntarla con su tenor insignia, Juan Diego Flórez, que ha hecho de Rodrigo uno de sus grandes papeles rossinianos. Bien es cierto que encuentra un sustituto a su altura. Y un protagonista a la de Gregory Kunde, compañero del peruano en Pésaro en 2007. Está claro que la obra no ha tenido suerte en el Festival Rossini, que tampoco dejó constancia oficial de otro encuentro histórico en 1988, cuando Chris Merritt, Rockwell Blake y June Anderson rozaron la perfección, según testimonian grabaciones en directo.

John Osborn parece abocado a papeles de baritenor o de lírico requerido de agudos, de los que está dejando una galería discográfica realmente llamativa, con Arnold de Rossini, Pollione y Arturo de Bellini, a los que habría que añadir las asunciones del Roderigo di Dhu rossiniano, Raoul de Nangis de Meyerbeer y Aeneas de Berlioz, que sería deseable que encontraran salida comercial igualmente. Ahora suma un nuevo reto conseguido con este Otello rossiniano. El americano no tiene los medios únicos de un Merritt (nadie en realidad), ni la coloratura naturalmente fluida de Ford -aunque sí la desgrana con precisión- pero ofrece un timbre lo suficientemente oscuro, graves suficientes, agudos fulminantes y una técnica férrea, capaz de afrontar con absoluta soltura las dificultades de una línea vocal peligrosa, hirsuta de pasajes de agilidad. Para muestra el aria de entrada, “Ah! Sì, per voi già sento”, cargada de todo el heroísmo que requiere la presentación, combinado con el lirismo de la sección central (“Premio maggior di questo”), tónica que se repite en el resto de la actuación. A lo que hay que añadir una capacidad actoral muy convincente, como revela el Finale I o el dúo final con Desdemona.

Hace mucho tiempo que Cecilia Bartoli debería haber emprendido la senda de los papeles Colbran. Probablemente Semiramide o Elena le sentarían tan bien como esta Desdemona, mejor que Ermione o Armida. La romana está perfecta en un papel de tesitura anfibia, con graves y agudos cómodos, y una coloratura en su estilo particular impecable. Pero, sobre todo, es el acento, enfático, variado con mil matices, el que remata un retrato moderno y absolutamente respetuoso con el estilo y el compositor. La diferenciación de las distintas estrofas de la “Canción del sauce” y la tensión dramática creciente que culmina en su asesinato son una obra maestra del teatro rossiniano difícil de olvidar.

Javier Camarena avanza con paso firme en su carrera, y este Rodrigo es otra demostración de que ha llegado para quedarse. Al igual que con el Ory que Decca ha lanzado a la vez que este Otello, es capaz de conjurar la sombra alargada y todopoderosa de Juan Diego Flórez. Si no tiene la insultante facilidad del peruano en los despliegues de coloratura, el agudo es igual de insolente y, sobre todo, el acento más partícipe. De hecho, logra convertir un aria como “Che ascolto? Ahimè, che dici” en mucho más que un despliegue de agilidad, es un momento de una intensidad dramática desconocida hasta el momento, otorgando una profundidad insospechada que le acerca un poquito más al Iago verdiano. Un competidor realmente a la altura del protagonista.

El tercer tenor, Edgardo Rocha, tiene en contra que Iago no dispone de momento solista, sólo dúos, pero saca todo el partido posible a la parte, reivindicándose con fuerza. Sin duda, otro nombre para seguir con atención. A su lado el Elmiro de Peter Kalman, siempre correcto, resulta más genérico.

La dirección de Mohai Tang resulta más apropiada que la del Comte Ory, incisiva en los pasajes dramáticos, sabe mantener la tensión sin que decaiga, dosificándola para que las escenas culminen en los crescendi magistralmente diseñados por el compositor, particularmente los finales de acto. La orquesta suena precisa, los sonidos más secos que los de una formación con instrumentos modernos subrayan los momentos más tensos, que abundan.

Patrice Caurier y Moishe Leiser, habituales en Zurich, realizan una puesta al día del drama rossiniano, trasladando la acción a mediados del siglo XX -al igual que con el Ory, pero con otras armas- y tomando como hilo conductor el tema del racismo, lo que permite acercar la historia al espectador contemporáneo, con una cuestión de candente actualidad en una Europa resacosa por los efectos devastadores de la recesión y poniéndole puertas al campo (y al mar ...). Igual de importante la denuncia del maltrato de género, que en el civilizado Viejo Continente alcanza todavía cotas inaceptables según algunos estudios en países tan “avanzados” socialmente como Francia o Inglaterra, por no hablar del machismo que impera en la patria del belcanto (para muestra, la tele). El resultado es brillante porque permite entrar en el núcleo de la historia de modo accesible, a la vez que actualiza personajes y situaciones en un contexto familiar y moderno.

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