Había estado la tarde tristona, gris, como tantas otras de noviembre. Incluso la sala Iturbi parecía levemente escarchada (consecuencia quizá del magnífico Sibelius que unas horas antes había exhalado la Orquesta Filarmónica de la BBC). Demasiados asientos vacíos, ambiente difícil de caldear. En programa, salvo la última, obras poco frecuentes y políticamente incorrectas, obras para irritar a un dictador: las de Bartók, que universalizan pacíficamente el localismo, la de un Stravinsky modernizador del pasado desde la libertad y la de Poulenc, dedicada a García Lorca.Sobre el escenario dos artistas calculadores, como paladeando esa irritación. Enfrascados en sus respectivas partituras, poco dispuestos al gesto cómplice, a arrastrar visualmente la atención del público. Técnicamente ilustres. Si acaso pequeños problemas con el pedal del…
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