Considerar lo barroco como un mundo de absoluta facilidad auditiva, un oleaginoso discurrir de compases sin máximas alteraciones supone un error, error grave si se ahonda en la profunda transformación que protagonizó la música en aquella época, tanto en lo concerniente a los instrumentos como a los recursos estilísticos y expresivos. Nada pues, destinado a ñoños 'discos de relajación' sino, más bien, desde el uso de formas irregulares -por ejemplo-, al contraste y sorpresa, a la continua creación, reelaboración y enriquecimiento ornamental. Un mundo que en sus convenciones sociales podía caracterizarse por su rigidez y sometimiento al poder aristocrático -en lo que al músico se refiere- pero que también es el de la emergencia del Artista -así, con mayúscula- y, sobre todo, el de la máxima libertad en la interpretación, recreación o…
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