Ya resulta casi tradicional que en los conciertos de gran repertorio de la OSCYL los primeros movimientos aparezcan descuidados, sosos o faltos de tensión, mientras que al final parece que surge la personalidad y termina coordinándose todo. Supongo que esto resulta de la conjunción de varios factores, aunque esencialmente influirá el tiempo de ensayo y sobre todo la capacidad de los distintos directores para transmitir a los profesores cada uno de los detalles. Si hay que sacrificar algo, es indiscutible que dejar lo mejor para el final en una obra como la Sinfonía núm. 2 de Mahler funciona, como atestigua el gran éxito cosechado el viernes 6 de febrero. De todas formas, se trata de una sinfonía tan espectacular que realmente orquesta, coro y director tendrían que ser pésimos para no conseguir cierto éxito. Evidentemente no es el caso en…
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