Desde los tiempos de Hans von Bülow -cuando el director de orquesta se hizo profesional- es costumbre que en una velada sinfónica el concierto con solista se toque antes que la sinfonía de turno, precisamente a los efectos de reservar para el final el lucimiento del maestro. Y como tal norma no escrita, suele respetarse más que las positivadas con muy pocas excepciones. Como la de esta noche, cuyas razones ignoro, porque tanto el solista como el director son figuras de reconocida competencia, y porque no quiero pensar que al público coruñés –fiel como pocos a su orquesta- le diese miedo la Cuarta Sinfonía de Sibelius y hubiera huído en el descanso. Es verdad que ésta es una sinfonía extrañísima, de color predominantemente oscuro y de ambiente desolador. Pero ahí radica su rara belleza, y en las manos de alguien con un curriculum…
Comentarios