DVD - Reseñas

Desencadenar una guerra es el medio más seguro para huir de uno mismo

Raúl González Arévalo

jueves, 9 de abril de 2015
Aleksander Borodin: Príncipe Igor, ópera en un prólogo y cuatro actos (1890). Ildar Abdrazakov (Igor), Oksana Dyka (Yaroslavna), Mikhail Petrenko (Príncipe Galitsky), Stefan Kocán (Khan Konchak), Anita Rachvelishvili (Konchakovna), Serguey Semishkur (Vladimir), Vladimir Ognovenko (Skula), Andrey Popov (Yeroshka). The Metropolitan Orchestra, Chorus and Ballet. Gianandrea Noseda, director. Dimitri Tcherniakov, productor. Subtítulos en inglés, alemán, francés, español, chino, coreano. PCM Stereo / Surround DTS 5.1, NTSC 16:9. 2DVD de 192+10 minutos de duración. Grabado en el Metropolitan Opera House de Nueva York en marzo de 2014. DEUTSCHE GRAMMOPHON DG0735146. Distribuidor en España: Universal.
Borodin trabajó durante 18 años en una obra maestra que dejó inconclusa a su muerte. El encargado de rematar la ópera para su estreno fue Rimsky-Korsakov, que introdujo no pocas variaciones, además de volver más brillante la escritura orquestal, como también había hecho con Boris Godunov de Musorgsqui. Y en esta versión se conoció en Occidente.

En los año 90 del siglo XX una nueva edición crítica permitió restaurar cortes, devolver la sucesión original de los números y conocer la orquestación original de su autor, en una versión que Valery Gergiev representaría en varias ocasiones y que fijó en el disco en una grabación de referencia absoluta, con un reparto de campanillas encabezado por grandes intérpretes de la escuela rusa como Gorchakova, Borodina y Grigoriam y sus fuerzas del Mariinsky en su serie de ópera rusa para el extinto sello Philips (1993). Un equipo prácticamente idéntico fijó también la versión audiovisual en una producción tradicional para la casa holandesa.

Inesperadamente, Deutsche Grammophon publica una nueva versión de referencia procedente del Metropolitan de Nueva York, con Gianandrea Noseda a la batuta. El director italiano es responsable de la nueva edición junto con el dramaturgo Tcherniakov, tomando como punto de partida la edición publicada en 2011 sobre los manuscritos recogidos por el musicólogo Pavel Lamm en 1944. Desaparece la obertura, en gran parte debida a Glazunov, y los añadidos de Rismky-Korsakov. Además, aparte del prólogo, que permanece intacto, los cuatro actos sucesivos han sido refundidos en tres. No es particularmente grave si se tiene en cuenta que gran parte del tercer acto no se puede atribuir a Borodin, aunque se recuperen parte del terceto y el gran arioso para el protagonista, descubierto recientemente. Se invierte el orden de los dos primeros actos, de modo que la escena polovtsiana sucede al prólogo. Por último, la ópera no se cierra con la apoteosis de Igor, sino utilizando música sinfónica del propio Borodin.

¿Es una operación musical lícita? Dudosamente desde el punto de vista del respeto a las ideas originales del compositor. ¿Funciona desde el punto de vista dramático? Maravillosamente. Las modificaciones para convertir este canto épico de la fundación de la Patria, la Madre Rusia, en una reivindicación contra los horrores de la guerra, con un protagonista que pasa de héroe a anti-héroe atormentado, traumatizado por lo que ha visto, como subrayan las proyecciones, son el punto central para adherirse o rechazar esta nueva propuesta. No hay posibilidad de duda desde el momento en que antes de comenzar se anuncia que “Desencadenar una guerra es el medio más seguro para huir de uno mismo”. Además, para facilitar la comprensión del drama, Tcherniakov reduce la ambientación a dos escenarios: el palacio de Igor (Prólogo y actos segundo y tercero), claustrofóbico, en contraposición a la apertura que se respira en el acto polovtsiano (aquí primero), desarrollado en un inmenso campo de amapolas rojas bajo un límpido cielo azul.

La parte musical, sin lograr la excelencia absoluta alcanzada por Gergiev, vuela muy alto. El italiano Gianandrea Noseda rompe tabúes al dirigir una obra emblemática del repertorio ruso con una propiedad intachable, enérgico cuando la épica lo requiere, pero sin descuidar el lirismo de los grandes momentos de la partitura como el aria de Yaroslavna, de un abandono melódico magnífico.

Ildar Abdrakazov tiene la voz de bajo-barítono justa que requiere el papel. Pero, además de la adecuación vocal, realiza el mejor retrato de su carrera discográfica gracias a la riqueza del fraseo y el cuidado de la palabra, con una variedad sobresalientes. El resultado final habría sido imposible sin una capacidad actoral magnífica, en plena comunión con la visión de Tcherniakov. Se sitúa por encima del resto del reparto masculino, que oscila entre lo brillante (el lascivo Galitsky de Petrenko), lo bueno (el Vladimir de Semishkur, valiente en los agudos) y lo eficaz (siempre un tanto tosco Kocán, aquí como Konchak).

Oksana Dyka no puede competir con la cremosidad y la firmeza en el agudo del recuerdo de Gorchakova, pero afronta con solvencia Yaroslavna. Por el contrario, Anita Rachvelishvili puede con el fantasma de Borodina, retratando una Konchakovna voluptuosa, vocal y actoralmente. Magníficos el coro –hay que quitarse el sombrero ante su versatilidad– y la orquesta, que contribuyen decisivamente a que ésta sea una versión referencial de un título fundamental del repertorio lírico ruso.

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