El mismo día del concierto que ahora se comenta escuché por casualidad, o no (¿iré para ministro?), La flauta mágica dirigida por Beecham que ha rescatado Naxos, ya convenientemente reseñada en estas páginas. Según llegué al auditorio, aplacado por la serena contención a la que me había imbuido el Mozart del británico, la vertiginosa concepción de Kocsis fue como si me arrancara de un siglo para colocarme, con violencia acelerada, en otro. Quizá, en tan desenfrenado viaje, perdí capacidad para el goce, pero es el caso que gusté más de lo antiguo que de lo nuevo, vaya esto sin menoscabo para la, por lo general, limpia y esmerada interpretación de los músicos húngaros.Porque, ya se sabe, la pulcritud sin imaginación sólo regala lo más superficial de los sentidos. A uno le importa bien poco que, por citar un ejemplo más o menos reciente,…
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