El Auditorio de Oviedo, prácticamente a rebosar, recibió a Lorin Maazel y a la Philharmonia Orchestra con entusiasmo y una larga ovación. La ocasión no era para menos pues delante estaba uno de los últimos dinosaurios de la dirección orquestal junto a una orquesta legendaria protagonista de innumerables grabaciones discográficas de éxito. Por si esto fuera poco, en programa una sola obra, monumental y grandiosa, una de las grandes sinfonías de todos los tiempos, la Octava de Bruckner ('la creación de un gigante', dijo Hugo Wolf). Esta sinfonía -junto a Séptima y Novena- forma uno de los trípticos sinfónicos de mayor colorido, fuerza expresiva y amplitud de medios de toda la literatura sinfónica (v.g. además de una bien nutrida sección de metales las tres sinfonías piden cuarteto de tubas wagnerianas) e incluye un Adagio de una…
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