Bélgica

Bieito en el Monte de Venus

Agustín Blanco Bazán
viernes, 9 de octubre de 2015
Gante, sábado, 19 de septiembre de 2015. Teatro de la Ópera. Tannhäuser, ópera romántica en tres actos con texto y música de Richard Wagner. 1er acto: versión de París. 2do y 3er acto: versión de Dresde. Dirección escénica: Calixto Bieito. Escenografía: Rebecca Ringst. Vestuario: Ingo Krüger. Iluminación: Michael Bauer. Dramaturgia: Bettina Auer. Elenco: Landgrave Hermann, Ante Jerkunica. Tannhäuser, Burkhard Fritz. Elisabeth, Annette Dasch. Venus, Ausrine Stundyte. Wolfram von Eschenbach, Daniel Schmutzhard. Walther von der Vogelweide, Adam Smith. Biterolf, Leonard Bernad. Heinrich der Schreiber, Stephan Adriaens. Reinmar von Zweter, Patrick Cromheeke. Coros y Orquesta sinfónica de la Ópera de Flandes bajo la dirección de Dmitri Jurowski. Coproducción con el Teatro La Fenice di Venezia, el Teatro Carlo Felice Genova, y el Konzert Theater de Berna.
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Calixto Bieito acaba de penetrar el monte de Venus wagneriano en una versión, o mejor dicho, reversión, de esta “ópera romántica” que comienza literalmente revertida, con un sugestivo bosque de pinos colgados cabeza abajo. En él se enredan Venus y Tannhäuser dialéctica y sexualmente con esa neurosis de atracción y rechazo tan típicas entre un señor de doble vida y la amante que está a punto de dejar, en este caso una bellísima mujer en paños menores de seda negra. Ausrine Stundyte la interpreta histriónicamente aún cuando cante con las dificultades típicas de una voz de soprano encaramada a un papel de mezzo: las líneas en el registro alto le salen gloriosas, pero en el medio y el grave la expresión es algo insegura. De cualquier manera la regie en esta escena es perceptiva: nada falta o sobra en esta teatralización de un amante casi esquizofrénico en su inseguridad frente a una mujer de madura y afirmativa sensualidad. Bieito interpreta mejor que nadie la voluptuosidad de la partitura al mostrarnos una sexualidad tan explícita como contradictoria. 

Similarmente lograda es la otra gran escena de amor de la obra, la que enfrenta a Tannhäuser con otra mujer formidable. Al comienzo del segundo acto, y contra un trasfondo de luminosidad tan prístina como la introducción orquestal, vemos la silueta de Elisabeth en deshabillé acostada sobre el piso desperezándose jubilosamente. ¿Vemos? Pues bien, sólo hasta cierto punto, porque la escena está en este acto encuadrada en una de esas instalaciones que tanto parecen entusiasmar a Bieto y su escenógrafa Rebecca Rignst. Para representar la remarcadamente opresiva atmosfera de la casa del tío de Elisabeth (¡por favor, olvidémonos del Wartburg!), la escena se enmarca en un módulo de rectángulos con columnas cuadradas blancas que frecuentemente dificultan la apreciación de la regie de personas. Por ejemplo, del desperezo de Elisabeth yo sólo vi las piernas. Y estando más al costado izquierdo de la platea también vi algo oculto para los de la derecha: un Wolfram ya en su smoking para el torneo de canto le indica a Tannhäuser la presencia de Elisabeth con un “¡aquí la tienes!” lo suficientemente agresivo y displicente como definir una personalidad diferente del blandito y generoso caballero al que estamos acostumbrados. El balance entre la escenografía y el movimiento merece una revisión para impedir que la primera neutralice al segundo. También es conveniente poner asistentes en diferentes lados del teatro durante los ensayos para que les digan qué se ve y qué no se ve según las localidades. Tal vez así los espectadores de Amberes, Venecia, Génova y Berna tendrán la dicha de verlo todo sin discriminaciones según donde se sienten. 

'Tannhauser' de Wagner. Dirección musical, Dmitri Jurowski. Dirección escénica, Calixto Bieito. Gante, Teatro de la Ópera, septiembre de 2015'Tannhauser' de Wagner. Dirección musical, Dmitri Jurowski. Dirección escénica, Calixto Bieito. Gante, Teatro de la Ópera, septiembre de 2015 © Annemie Augustijns, 2015

Junto al dúo con Venus, la dirección escénica alcanza su segundo gran momento durante el encuentro entre Tannhäuser e Elisabeth, él siempre tan inmaduro, explayándose con excusas poco convincentes que no hacen sino impacientar a esta mujer tan sensual como inteligente. Cuando Tannhäuser se exalta al explicar que la razón de su vuelta es…”¡un milagro, un milagro santo e inexplicable!” Elisabeth se cabrea hasta el punto de querer darle unos sopapos a este señor tan dispuesto a grandilocuencias pseudo místicas para cubrir sus debilidades. Y así siguen ambos, queriéndose y reprochándose como marido y mujer. En los pocos compases que separan el final del dúo de la entrada del Landgrave Tannhäuser besa tiernamente en la boca a Elisabeth. Es este un momento mágico: la reyerta ha terminado, y Bieito parece haber sentido este fugaz comentario melódico mejor que ninguno de sus colegas al reconciliar a los quasi esposos. Cuando sobre la conclusión del torneo Tannhäuser deja de fingir y confiesa que ha estado en el Venusberg, Elisabeth le da una apasionado beso de boca. ¡Finalmente se ha descubierto su bardo como un hombre hecho y derecho! De ahí en adelante Elisabeth no dudará en ponerse de su parte cueste lo que cueste. El final del acto es menos logrado: los invitados reminiscentes de la Danza de los vampiros de Polanski, primero mecánicos en su adustez se desbocan al ver sus convenciones destruidas por la revelación del poeta. Aquí la regie se pasa de rosca: tantas cosas hacen todos que el resultado termina siendo banal. Piénsese sino en esos caballeros azotando infantilmente el piso con ramitas de los árboles del primer acto, mientras toquetean peligrosamente a Elisabeth. ¿La violarán después de caído el telón? Confieso que me divertí muchísimo con este iracundo jolgorio: ¡qué esfuerzos deben hacer los directores de escena que quieran desafiar la dramaturgia wagneriana original! ¡Y siempre lo consiguen sólo a medias! Decididamente Wagner es un dragón frente al cual no hay Sigfrido que valga. 

'Tannhauser' de Wagner. Dirección musical, Dmitri Jurowski. Dirección escénica, Calixto Bieito. Gante, Teatro de la Ópera, septiembre de 2015'Tannhauser' de Wagner. Dirección musical, Dmitri Jurowski. Dirección escénica, Calixto Bieito. Gante, Teatro de la Ópera, septiembre de 2015 © Annemie Augustijns, 2015

Como Tannhäuser, Burkhard Fritz mostró una voz de sólida impostación, color y fraseo. La voz de Annette Dasch (Elisabeth), ahora mas densa que años atrás y con un ligero toque de acidez, fue proyectada con firmeza y expresividad.

En el tercer acto le toca a Wolfram curar sus represiones en el diván de Bieito. El cuadro escénico que combina la naturaleza del primer acto (el mundo de Venus) con la estéril artificialidad del segundo (el mundo del Landgrave) es de cautivante sugestión: ha llegado la hora del encuentro entre la primigenia naturaleza venusiana y la superficialidad techno cool de la mansión del tío Hermann. Y la naturaleza está ganando: los arbustos avanzan sobre las columnas blancas decididos a fagocitarlo todo y una Elisabeth enajenada por el cataclismo del final del acto anterior (¿la habrán violado?) canta su plegaria con su mirada fija en el vacío y movimientos de autómata. Todo esto es demasiado para Wolfram. Minnesinger o no, el tío no ya no da más con tanta contención poética. También él quiere probarlo todo, como Tannhäuser, y hasta llega a tomar firmemente a Elisabeth por detrás para eyacular mientras trata de estrangularla. Sólo así puede aflojarse un poco y finalmente nacer como verdadero poeta para cantar a su estrella vespertina. Así descrita, la escena puede sonar procaz u obscena para esos operómanos que tanto temen entrar en la sexualidad de sus héroes: “¿Wolfram el casto eyaculando detrás de su virginal amada? ¿Pero qué locura es ésta?”, me imagino a muchos comentando, como si ninguno de ellos hubiera confrontado alguna vez el drama de una calentura extrema frente a un amor imposible. Pero basta ver esta escena para reconocer una vez más lo mejor de Bieito, esa crudeza nunca ahorrada cuando de mezclar sensualidad con sufrimiento se trata. 

'Tannhauser' de Wagner. Dirección musical, Dmitri Jurowski. Dirección escénica, Calixto Bieito. Gante, Teatro de la Ópera, septiembre de 2015'Tannhauser' de Wagner. Dirección musical, Dmitri Jurowski. Dirección escénica, Calixto Bieito. Gante, Teatro de la Ópera, septiembre de 2015 © Annemie Augustijns, 2015

La puesta termina con un final feliz, al menos para Wolfram, porque Venus acude a la llamada de Tannhäuser para no volverse a ir. Después de todo, la naturaleza que ella representa está ganando la batalla. Lógico pues que la diosa se plante sobre el proscenio más bella que nunca para presidir el cierre de la obra. Los invitados se arrastran por el piso como si fueran los living death de George Romero, coreando cosas sobre el florecimiento del cayado papal y la salvación probablemente poco convincentes para el regisseur pero en alguna forma simbolizados por esas columnas blancas estériles que como el cayado papal parecieran florecer al verse fagocitadas por los arbustos. Y Wolfram mira extasiado a la Venus triunfante: ¡finalmente ha logrado encontrar él también la diosa de su amor, la que inspirará una poesía más libre, auténtica y humana!

Daniel Schmutzhard cantó un Wolfram de voz fresca y timbre cálido. Dmitri Jurovski dirigió una interpretación clara e incisiva, enfática en su diferenciación de texturas y brillante en la exposición de variedad cromática. Excelentes los coros y muy bien la orquesta. Y magnífico en su boato burgués decimonónico el teatro de Gante que la Ópera Flamenca utiliza conjuntamente con su sala de Amberes.

El público homenajeó al equipo escénico con una mezcla de aplausos y reprobación. Digo “homenajeó” pensando fundamentalmente en las muestras de reprobación, porque nada es más importante para un director de escena provocador que el recibir una calurosa respuesta de sus provocados. Después de todo, lo peor es la indiferencia y hay algo saludable en quienes gritan contra Bieito: han sido tocados personalmente con la varita mágica de esos mitos wagnerianos que buscan una actualización constante para no perecer. En este sentido, recomiendo este Tannhäuser como una gran noche de teatro y una lograda exploración subliminar del mito wagneriano. No hay gesto que no parezca salido espontáneamente de la música, y hasta los cameos son difíciles de olvidar, por ejemplo, los caballeros machotes iniciando ritualmente a Tannhauser en el bosque antes de permitirle volver a entrar a su cofradía, la pedantería de Walter von der Vogelweide y las agresivas insinuaciones del Landgrave a su sobrina.

Párrafo aparte merece la reveladora poesía del canto del pastor a su Frau Holda: desparecida Venus en el primer acto, el pastor es aquí una adolescente. Tannhäuser la mira con suprema emoción sin atreverse a tocarla, pero ella termina montándole como una niña juguetona. ¿Inocente o Lolita? No sé. Seguramente virginal, y tal vez una síntesis de Venus y Elisabeth, Holda y María. En una palabra, un femenino tan eterno como del Fausto de Goethe.

Me quedé pensando, y sigo pensando, porque guste o no, es imposible entrar en el mundo de Calixto Bieito sin salir pensando y revisando luego de un abrupto pero refrescante chapuzón en la oscuridad del subconsciente, individual y colectivo. Tannhäuser no es un teatro de títeres pietista de damas y caballeros medievales, sino una historia de pasiones tan inquietantes como destructivas. Sólo la poesía de un Wolfram triunfante puede redimirnos. ¿O no es que se trata de la redención por el arte, según el mismo Wagner? ¡Pues aquí la tienen! Ni en Parsifal ni en Tannhäuser utiliza Wagner la simbología religiosa para hacernos buenos cristianos, sino más bien para que nos adentremos en dilemas existenciales donde la religión establecida termina siendo un salvavidas poco convincente: ni los caballeros del Grial ni los del Wartburg pueden dar una respuesta satisfactoria a lo que buscan los personajes. Es por ello que no queda más remedio que dudar y reelaborar con la ayuda de directores de escena impertinentes si es que queremos mantener vivos nuestros mitos y creencias, y tal vez madurar con ellos.

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