Muestra Kissin una actitud tan fría ante su instrumento que da la sensación de no caerle demasiado bien. Sale el músico al escenario, fija su vista sobre el piano, se dirige hacia él con paso decidido, como si pensara "te voy a doblegar como nunca te han doblegado", se sienta manteniendo respecto al aparente rival una distancia considerable (si se arquea, casi siempre lo hace atrás) e inicia, sin medio preámbulo, un gélido duelo. Pero lo que a la vista parece combate calculado y desapasionado, al oído se convierte de inmediato en simbiosis, en fecundo intercambio: Kissin pone su inteligencia de intérprete, trabajada desde la infancia, así como una técnica inapelable y el piano se deja arrancar sonidos difíciles de imaginar. De esta forma supimos que la primera obra del programa no estaba saliendo de un órgano, pero también que si el…
Comentarios