El recién nombrado titular de la Orquesta Sinfónica de Castilla y León —ejercerá su cargo en 2016—, Andrew Gourlay, se enfrentó esta vez a un programa elegido por los abonados de entre una larga lista de obras propuestas por él mismo. Al final, como es lógico, resultó un programa que en sí no tiene ningún sentido, pero que en este caso brinda la oportunidad de ver cómo se desenvuelve el joven director en estilos dispares.
El comienzo fue decepcionante: la Obertura de Tannhäuser sonó muy tímida, sin ninguna alegría o emoción, merced a un concepto técnico en el que se dio preponderancia a los violines, cuyo sonido llegó perfectamente pero de forma tosca. Ello provocó que, sobre todo, el trabajo de las maderas tuviera poco protagonismo, lo que en esta obra resulta casi ofensivo. La otras veces animada sección central se abordó…
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