Rumor de abanicos, aroma de claveles, fulgor de trajes de luces: el Don Quijote de Minkus es la evocación de una España mítica y brillante, a un tiempo atemporal y anacrónica, concebida por uno de los reyes de la música austríaca para la fastuosa Rusia de los zares. Deudora de una idea exótica y literaria de España, no lejana del Cid de Massenet o de la Carmen de Bizet, pero a través del prisma de una sensualidad plenamente vienesa, la partitura, el guión —inspirado en las quijotescas Bodas de Camacho— y la ambientación representan el cénit de una sociedad autocomplaciente. Esa estética decimonónica, fundamentada en valores como el pintoresquismo y el donaire, que ha conquistado merecidamente el favor del público madrileño. La Compañía Nacional de Danza ha dado en el blanco al recuperar el ballet clásico y haber elegido, para su esperada…
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