España - Madrid

Simplemente Varvara

Jonay Armas

martes, 5 de abril de 2016
Madrid, jueves, 31 de marzo de 2016. Auditorio Nacional. Varvara Nepomnyashchaya, piano. Bach, Suite inglesa No. 2 en La Menor, BWV 807. Beethoven, Sonata No. 31 en La Bemol Mayor, Op. 110. Mussorgsky, Cuadros de una exposición. Temporada de La Filarmónica. Asistencia: 90%

Cuando la pianista Varvara Nepomnyashchaya (llamada simplemente Varvara en una pragmática operación de marketing) regresó al escenario para saludar a la audiencia tras haber ofrecido una propina en su concierto, miró al piano con ojos traviesos al tiempo que agitaba los dedos con timidez. Dudó durante un instante y finalmente asintió para sí misma, sentándose de nuevo frente al instrumento para ofrecer la segunda de las propinas del recital.

Puede que este gesto, dotado de un cierto encanto infantil, sea clave para entender la actitud de la intérprete y su manera de entender la música. En este recorrido temporal propuesto por el programa, que se iniciaba en el siglo XVIII, acariciaba el XIX y terminaba en el convulso siglo XX, había también una actitud del descubrimiento: Varvara toca a Bach como si buscara nueva luz en sus frases musicales, toca a Beethoven como si acabase de descubrirlo por primera vez y se enfrenta a Mussorgsky como si aún estuviera estudiando su partitura.

Esta actitud, que puede parecer un tópico en las maneras de aproximarse a la interpretación de un pianista, no sólo ayudaba a revelar nuevos rostros para las piezas del concierto sino que además ponía sobre la mesa la ausencia de toda vanidad por parte de la joven. Varvara no pretende descubrir nada, solamente desea poner de manifiesto todo lo que queda aún por hacer.

Y eso aún cuando a la pianista le sobraban cualidades para enfrentar el programa. Técnicas también, pero sobre todo expresivas: Bach parecía convocado desde el puro lirismo a partir de una búsqueda de pasajes en pianissimo que sacasen a relucir la enorme poética de su Suite. Del mismo modo, el tercer movimiento de la Sonata de Beethoven parecía interpretado como si fuera recién descubierto, subrayando su estructura inaudita. El deseo de buscar la luminosidad y el lirismo de manera constante terminaron por hacer del Scherzo de Beethoven un fragmento decididamente fallido; las notas falsas comenzaron a superponerse a las virtudes de la libertad interpretativa.

Algo parecido ocurría con Mussorgsky: queda mucho aún para dominar del todo los requerimientos físicos de este monumento pianístico, pero las dificultades de la ejecución quedaban compensadas por la aproximación sincera y conmovida de la intérprete. Cuando se levantaba del teclado y sonreía al público parecía hacerlo con la convicción de quien ha compartido un tesoro que sólo ella parece conocer. ¿No debería ser esa la esencia de la interpretación? En el fondo, esta pianista de la luz no miraba la partitura con los ojos de un niño para descubrir nada, sino para acordarse de lo bello en un mundo demasiado acostumbrado al olvido.

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