Cuando la pianista Varvara Nepomnyashchaya (llamada simplemente Varvara en una pragmática operación de marketing) regresó al escenario para saludar a la audiencia tras haber ofrecido una propina en su concierto, miró al piano con ojos traviesos al tiempo que agitaba los dedos con timidez. Dudó durante un instante y finalmente asintió para sí misma, sentándose de nuevo frente al instrumento para ofrecer la segunda de las propinas del recital.
Puede que este gesto, dotado de un cierto encanto infantil, sea clave para entender la actitud de la intérprete y su manera de entender la música. En este recorrido temporal propuesto por el programa, que se iniciaba en el siglo XVIII, acariciaba el XIX y terminaba en el convulso siglo XX, había también una actitud del descubrimiento: Varvara toca a Bach como si buscara nueva luz en sus frases…
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