Resulta cuando menos curioso que un programa con obras tan distintas -diríase antagónicas- pueda ser unificado en una suerte de continuum estilístico gracias a que Christian Zacharias traspone con singular fortuna las características que lo distinguen como pianista a su trabajo como director: el racionalismo, su sonido perpetuamente matizado, ese encanto apolíneo de la mesura en el que sin embargo es imposible escuchar un periodo sin direccionalidad, su elegante concepción. Con Zacharias no valen efectismos o radicalidades; la transparencia y esa suerte de caracterización musicalmente elaborada de cada momento transmiten sensación de seriedad, de que se cree en la labor que se lleva a cabo.
El Concierto para dos pianos y orquesta de Mozart sorprendió por lo que al principio parecía una excesiva contención en el volumen sonoro del…
Comentarios