El infierno está en nosotros. Y es de agua. O acaso también de agua. Porque el agua, que es indispensable para la existencia, posibilita una vida, la humana, empeñada en destruir toda la vida. ¿Puede haber mayor infierno? Un infierno que habita en nosotros, constituidos y envueltos, como él, por el agua. Agua que a la vez que nos construye nutre nuestra capacidad de aniquilación. Así pues, el infierno y el agua se encuentran en nuestra esencia y hacen de la realidad una distopía. No obstante, si el agua genera la vida que a su vez produce la muerte, la distopía también alimenta la utopía. Y ésta se alcanza mediante la toma de conciencia, la lucha interna y el viaje personal (con el amor como un aliento básico), el de cada individuo, que a su vez encierra el universo entero.
Representación de Idomeneo de Mozart, que Les Arts de Valencia,…
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