El Cuarteto Quiroga ha dejado de ser una joven promesa para convertirse en una referencia obligada. Eso podría explicar el aforo completo. Pero quizá la verdadera causa fuera la Argerich, que, más allá de bizantinismos pianísticos es una leyenda viva. De ahí que sus contadas apariciones por estos pagos sean motivo de expectación: deseo de escucharla y curiosidad acerca de si conserva la varita mágica, o, como algunos otros, se la ha dejado por el camino. Entra a pasitos cortos, con andares de Madama Butterfly, quita el atril del piano, porque, cuando se toca de memoria, estorba, y empieza con la Partita n.º 2 de Bach. Según comienza a tocar, uno se olvida de ella y sólo queda la música: tal es su principal virtud. Vuelca la serenidad que da la experiencia, la naturalidad de su técnica y la hondura de su instinto en una obra solemne que…
Comentarios