España - Galicia

Absoluta muestra de respeto

Paco Yáñez
lunes, 21 de noviembre de 2016
Vigo, sábado, 12 de noviembre de 2016. Museo de Arte Contemporánea de Vigo. Séverine Ballon, violonchelo. Helmut Lachenmann: Pression. Rebecca Saunders: Solitude. Franck Bedrossian: The Spider as an Artist. Séverine Ballon: inconnaissance. Chaya Czernowin: Adiantum Capillus-Veneris I (arr. Séverine Ballon). Liza Lim: an ocean beyond earth. Ocupación: 100%
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Como gran conocedora del séptimo arte que es, sé que a la violonchelista francesa Séverine Ballon le parecerán pertinentes dos imágenes que del cinematógrafo rescato para ejemplificar de un modo muy gráfico la absoluta fusión entre intérprete e instrumento que el pasado 12 de noviembre tuvimos la fortuna de vivenciar dentro del IV Festival Internacional de Creación Musical Contemporánea Vertixe Sonora, en el que diría uno de los mejores conciertos del año en Galicia...

...la primera de estas imágenes es la ya icónica fusión de los rostros de Liv Ullmann y Bibi Andersson en la genial Persona (1966), de Ingmar Bergman, compuesta su totalidad a partir de dos mitades que se adhieren a través de un proceso de ósmosis (con todos sus anhelos y demonios); la segunda, la superposición por medio de un espejeo de las caras de Marisa Paredes y Eusebio Poncela en un cortometraje que quizás Ballon desconozca, Párpados (1989), obra de esa perla negra del cine español que fue (y sigue siendo) Iván Zulueta. Así es como vimos a la violonchelista francesa y a su instrumento en Vigo: dos realidades completamente entreveradas, hechas un solo trazo musical que respira, se expande y poetiza la materia sonora hibridándose en total simbiosis (podríamos decir aquí «armonía», pero quizás no se trate del término más adecuado, habida cuenta la naturaleza estilística del concierto hoy reseñado).

A ese grado de comunión entre intérprete e instrumento, con tal naturalidad en la ejecución de partituras de una dificultad imponente, no se llega por un camino fácil, ni desde la nada, sino siguiendo una senda que aquilata el legado de violonchelistas que han ido formando la carrera de Séverine Ballon, con nombres tan ilustres como Siegfried Palm, Pierre Strauch, Lucas Fels, Rohan de Saram, o Michael M. Kasper, entre otros. Tal y como sucede en maestros de tan notoria raigambre, Ballon aúna una técnica exquisita con una sensibilidad excepcional, algo que la capacita para hacer propios repertorios que se podrían considerar -apriorísticamente- fríos o completamente cerrados, y en los que la violonchelista gala nos descubre, como esta noche en el Museo de Arte Contemporánea de Vigo (MARCO), asomos de poéticas insospechadas... 

...esto fue así ya desde la primera de las piezas de un programa de enorme exigencia y riesgo, sin concesiones ni para la intérprete ni para un público dispuesto en semicírculo en torno a Séverine Ballon a petición de la propia violonchelista, conocedora de la necesidad que estas seis partituras tienen de ser vividas desde la cercanía, el silencio y la apertura de miras, derribando prejuicios, abismándose a un proceso de (re)creación artística genuino y transcendente: ámbitos conceptuales que resultan indisociables del primer protagonista de la noche, uno de los más grandes compositores de nuestro tiempo, Helmut Lachenmann (Stuttgart, 1935), del cual vivimos el (hasta donde tengo noticia) estreno gallego de la partitura para violonchelo solo Pression (1969), uno de los hitos en la historia del instrumento y pieza clave en el desarrollo de la 'música concreta instrumental', la sintaxis por antonomasia del genio de Stuttgart, de cuyos procesos, técnicas y significados hemos dado cuenta tantas veces en nuestro diario; sin ir más lejos, en reseñas con esta misma partitura de por medio en conciertos ofrecidos por Michael M. Kasper (Oporto, 2006) o Lauren Radnofsky (Nueva York, 2010). Lo que esta noche nos ofreció Séverine Ballon en Vigo fue una lectura muy distinta, mucho menos agresiva y 'robótica', más libre y poética.

Ballon, consciente de las diferencias que las interpretaciones de violonchelistas como Lucas Fels, Walter Grimmer, Pierre Strauch, o Michael Bach (entre otros) muestran, acudió al propio Lachenmann para trabajar la partitura y, de paso, profundizar en la poco conocida versión original de Pression, previa a su revisión en la edición que conocemos en la actualidad (Breitkopf & Härtel BG 865), y a la que la violonchelista francesa se remite, si bien con una partitura propia repleta de anotaciones en la que incorpora su trabajo con el compositor. Entre los consejos de Helmut Lachenmann, el interpretar Pression como si de una pieza clásica se tratara, cual un Brahms; y, por lo escuchado en Vigo, el consejo ha calado, con una lectura de un lirismo insospechado. Es por ello que ceñirnos a aspectos puramente cronométricos -como en otras ocasiones- o a una estricta calibración de las dinámicas, pierde, de algún modo, su razón de ser, pues estamos ante una vía muy distinta de afrontar la obra, en la que prima la sensualidad del gesto, un fluir de las energías más ligado y sutil, enmarcado en lo que parece todo un despliegue coreográfico por parte de Séverine Ballon. Nos remite ello a experiencias como las realizadas por Xavier Le Roy, cuando coreografió Mouvement (-vor der Erstarrung) (1982-84) con el kammerensemble neue musik berlin tocando la partitura sin instrumentos: pura energía gestual hecha música (algo que podemos ligar con el teatro japonés, tan bien conocido por Lachenmann). Para el compositor alemán, el gesto antecede, así, al sonido; como para Luigi Nono el silencio antecedía y daba un significado al ataque; siendo a partir de ambos conceptos (como gran intérprete de Nono que Ballon es) desde donde la violonchelista desarrolla cada proceso gestual como catalizador de un acto de apropiación de las energías que fluyen entre el silencio, el intérprete y el instrumento.

Desde tales planteamientos, el enorme refinamiento que Ballon demostró tanto en los elementos más ruidistas como en los tramados con la altura como referencia; lo cual no resta el que cierta vehemencia apareciese por momentos, hasta desgarrando las cerdas de su arco en el siempre ronco y furibundo 'Intensivster Druck' en fff lunga possibile de la cuarta página de la partitura. Pero, en general, la cercanía con la que disfrutamos esta reinvención de Pression nos permitió escuchar las interioridades del sonido más esquivas y microscópicas en directo (incluso cuando la pieza se amplifica): los glissandi con la madera, los col legno saltando, los pasajes en flautato, el frotado de la caja con la mano, las epifanías dal niente, el sutilísimo roce de uñas y dedos contra el arco, o la propia scordatura del violonchelo (de mahlerianas reminiscencias derivadas del lied Ich bin der Welt abhanden gekommen). Sería muy interesante que Séverine Ballon grabara su personal visión de este clásico del siglo XX, tan marcada por el lirismo y la poética, pues creo que aportaría una lectura que no abunda en la discografía de esta obra. Si en 1985 Helmut Lachenmann sostenía que Pression, como conjunto, «se convierte en una provocación estética: la belleza como rechazo de la costumbre»; Séverine Ballon nos (de)muestra cómo en 2016 esa provocación ha alcanzado un estatus de belleza canónica, cómo se ha asimilado plenamente a la tradición (al menos, en entornos culturales con cierto grado de desarrollo). De ahí, la naturalidad de esta interpretación, fruto ya no sólo del haber convivido con Pression como paisaje musical cotidiano durante décadas, sino del haber explorado las múltiples rutas técnicas y estilísticas de tantas partituras posteriores de las que Lachenmann es proteica alfaguara, como el concierto de esta noche nos mostraba, con otras cinco piezas más todas ellas de rotunda modernidad, ninguna de las cuales pierde enteros como obra de arte y manifestación de belleza en el sentido más genuino y transcendente del término.

Sí ha registrado Séverine Ballon, en su reciente y multipremiado disco para el sello æon (AECD 1647), la siguiente partitura que en Vigo escuchamos, Solitude (2013), de la británica Rebecca Saunders (Londres, 1967). Estamos ante una propuesta totalmente distinta; y si bien Saunders fue considerada durante cierto tiempo como una derivación de la estética de Helmut Lachenmann (compositor que tiene alta estima por la obra de la londinense), su catálogo ha alquitarado ya un estilo y una sustancia propios como para hablar de una de las grandes creadoras de nuestro tiempo. Solitude se aparta de esa impronta lachenmanniana tan marcada, eludiendo las técnicas extendidas y reduciendo la paleta acústica a prácticamente dos sonidos cuya reiteración y variación abren un universo -dentro de su parquedad- de indómita expresividad. La soledad a la que Saunders se refiere es inaccesible, retirada, aislada, construida desde un sonido cavernoso de la cuerda grave al aire, modulada su gutural resonancia con una vibrátil pulsión de los dedos sobre el diapasón. A partir de esos polos: el uno decaído y ensimismado; el otro, frenético y móvil, la progresiva expansión de unos materiales que alcanzan compases de una intensidad acongojante, expuestos por Séverine Ballon con un virtuosismo de impresión. Pieza dedicada por Rebecca Saunders a la violonchelista francesa, su composición se desarrolló mano a mano entre ambas, de ahí la interiorización que Ballon realiza de una obra que nos deslumbra por su excelencia artística, si bien nos abruma por su sombrío ambiente; en todo caso, capaz hasta de revertir el pesimismo sobre la soledad que Hermann Broch nos comunicaba en La muerte de Virgilio (1945): «justamente por eso sabía también de los íntimos peligros de todo arte, por eso mismo sabía de la íntima soledad del hombre destinado a artista, de esta soledad innata en él, que le lleva a la soledad aún más profunda del arte y a la mudez de la belleza, y sabía que la mayoría fracasa en tal soledad». Esta noche, la solitude fue éxito y elocuencia.

También la participación y el asesoramiento de Séverine Ballon resultó fundamental para la composición de The Spider as an Artist (2014), obra del francés Franck Bedrossian (París, 1971) basada en un poema homónimo de Emily Dickinson. De nuevo, otra pieza de impresión, más deudora de Helmut Lachenmann en su exploración de las técnicas extendidas y las interioridades tímbricas del instrumento. Casi de un modo programático, parte de su sonido se teje desde una aguja de calcetar emplazada bajo la tercera cuerda del violonchelo. Al golpear la cabeza de la aguja, se produce una resonancia en las cuerdas de gran atractivo, pero que en absoluto es nueva para nosotros, pues recuerda sobremanera al gesto sonoro que el vigués Ramón Souto alquitaraba en la viola al disponer entre sus cuerdas un lápiz también sometido a vibración: sonoridad epifánica en la excelsa Apertas para Matta-Clark (2012), quinteto que aún resuena en nuestra memoria como una de las piezas capitales de la música gallega contemporánea.

Previa a la inserción de la aguja de calcetar, había sido la exploración del espacio comprendido entre el puente, el diapasón, la caja y las cuerdas del instrumento (interioridad ya habitada en Pression), en el que Bedrossian va rozando y golpeando sus superficies en distintos grados de energía, desvelando las cualidades acústicas de los materiales. Ello se combina con otros pasajes en los que el uso del arco es más convencional, así como con una pulsión vibrátil de las cuerdas sobre el diapasón que se emparenta con la previa Solitude, mostrándonos ya no sólo elementos compartidos del lenguaje actual entre distintos compositores, sino la pervivencia de la forma con respecto a la seminal partitura lachenmanniana del año 1969. Es así que The Spider as an Artist constituyó uno de los puntos álgidos de la velada, confirmando la enorme musicalidad de un compositor al que no hemos dejado de valorar desde que conocimos sus primeras partituras. Ni que decir tiene que la inspiradísima interpretación de Séverine Ballon realza aún más la página, volviendo a mostrarnos una plétora gestual que se diría coreográfica, especialmente en los compases atacados con un arco en cada mano, aguja de calcetar vibrante incluida, pasajes de un virtuosismo y una fiereza estremecedores, en los que se comprueba un dominio de instrumento y técnicas por parte de la francesa que linda el equilibrismo verdaderamente arácnido para que todo este mecanismo sonoro se mantenga en pie, con el ataque preciso, sin que decaiga ni la tensión expresiva ni la precisión del gesto. Pura excelencia, llevada a sus más altas cotas musicales en la actualidad.

Si Franck Bedrossian nos ofrecía un despliegue total del instrumento, con una expansividad deslumbrante y torrencial, la propia Séverine Ballon (1980) -aquí como compositora- nos concentraba en un suspiro sonoro de la mayor poesía, la de esa belleza que se desmaterializa en su partitura para violonchelo solo inconnaissance (2016). La obra se articula por medio de unos armónicos que Ballon ataca con los dedos a ambos lados del arco, en un planteamiento netamente microtonal al tiempo que polifónico, pues son muchas las capas que resuenan simultáneamente por la pulsión coordinada de la cuerda a ambos lados de unas cerdas que se deslizan sobre la misma con extrema delicadeza en unos rangos muy limitados: prisma en el que se deshilvanan la luz y sus colores, sometidos al tamiz del recuerdo, pues sostiene Séverine Ballon que la pieza fue compuesta dos días después de visitar una exposición de pintura, como modo de fijar en la memoria sus ecos visuales, cual recorrido imaginario por las galerías de lo evocado.

El hecho de rozar el arco en el entorno del diapasón, así como la proliferación de armónicos y la sutilidad de las dinámicas, crea una sensación de levedad, que se realza por el hecho de que el material sonoro pareciera el de una melodía progresivamente evaporada. Tras el concierto, pregunté a la violonchelista francesa si se había servido de algún tema ya existente, incluso de una canción de cuna, pues la delicadeza del proceso crea evocaciones que, aunque no literales, sí parecen tender puentes hacia muchas regiones de la memoria. En algunos momentos, inconnaissance (aunque desde una melodía previa no tanto desconocida como inexistente -tal fue la respuesta-) me ha recordado ciertos aspectos del Canzoniere Messicano (2004-09) o de las Quattro Pezzi Spagnoli (2009) del también compositor y músico de cuerda Stefano Scodanibbio, así como de sus arreglos de los contrapunctus bachianos I, IV y V (2007-09). Tanto en Ballon como en Scodanibbio se produce una belleza genuina, moderna a la par que intemporal, una verdadera joya sonora de una fragilidad y una ternura muy considerables, que ponen el punto de calidez y sensibilidad en lo que en su día Lachenmann llamó «el parque del terror de las vanguardias». Ahora bien, en Galicia hemos comprobado estos días, en el marco de la muestra Cineuropa, cómo Séverine Ballon es capaz de crear una música acechante, mistérica y desasosegante, la que ella misma ha compuesto para O ornitólogo (2016), película del realizador portugués João Pedro Rodrigues que llegaba a Santiago de Compostela ya no sólo con el Leopardo a la mejor dirección en el Festival de Locarno, sino con la notable banda sonora original compuesta y tocada por la propia violonchelista, en otro buen ejemplo de sus virtudes como creadora e intérprete.

También la presencia de Helmut Lachenmann se ha asomado en diversas ocasiones al catálogo de la israelí Chaya Czernowin (Haifa, 1957), de la que escuchamos Adiantum Capillus-Veneris I (2015), obra para respiración y voz, aquí en un interesantísimo arreglo para violonchelo a cargo de Séverine Ballon. Quizás sería Adiantum Capillus-Veneris I la partitura que con más pertinencia podría llevar como título el término «presión», pues estamos ante todo un estudio de la intensidad sonora, básicamente por medio de un glissando continuo. Tal y como sucedía en inconnaissance, brota aquí la impronta de lo visual, pues Chaya Czernowin nos dice que su pieza se trata «más bien de un bosquejo utilizando la voz y la respiración como un pequeño pincel pintando una línea. A pesar de que es sólo una línea hecha de agua (respiración) con un poco de color (voz), esta línea está en realidad transmitiendo un paisaje completo»...

...la proliferación del glissando es obsesiva en la mayor parte de la obra (por momentos, asfixiante), volviendo una y otra vez sobre un gesto musical variado ligerísimamente por la presión de los dedos, el ataque y la altura, si bien en un enfoque microscópico, de una total sutilidad. Podríamos comprender el desarrollo de la partitura como un ejercicio incisivo y exploratorio de respiración; un ejercicio de autocontrol a cuyo final se asoman más nítidamente los pasajes que se dirían netamente vocales, que entran en la pieza a modo de contrapunto. A pesar de la naturaleza tímbrica tan diferente con respecto a la versión original de Adiantum Capillus-Veneris I, Séverine Ballon consigue dar credibilidad a un arreglo que es una nueva muestra de su cercano trabajo con la compositora israelí, y en cuya interpretación da una auténtica lección de afinación, refinamiento y medida perfectamente calibrada; obteniendo de unos planteamientos musicales tan lacónicos y concentrados, todo un espectro de posibilidades.

Desde las interioridades de la respiración humana nos dirigimos, en la última pieza del programa, al espacio, a Encélado, satélite del planeta Saturno en el que la NASA ha encontrado evidencias de agua, tanto en estado sólido como líquido, conformando un océano subglacial que emerge en forma de géiseres de vapor a través de criovolcanes que atraviesan el casquete de hielo que recubre la superficie de Encélado; un vapor de agua que posteriormente cae sobre el satélite en forma de nieve, reforzando su cubierta helada y las bellas iridiscencias que ésta centellea como reflejo de los rayos solares...

...la compositora australiana Liza Lim (Perth, 1966) se sirve de tan sugerente imagen en an ocean beyond earth (2016), partitura para violonchelo unido a un violín dispuesto verticalmente sobre un mástil frente a la violonchelista, unidos ambos instrumentos por cuatro hilos que van de cuerda a cuerda (de ahí, los minutos de preparación del efectivo que intermediaron las partituras de Czernowin y Lim, incluida la aplicación de resina a los dedos de la violonchelista para que el roce de los hilos con sus manos produjera las sonoridades pretendidas). A pesar de que es la pieza de Franck Bedrossian la que se titula The Spider as an Artist, por la gestualidad de todo el arranque de an ocean beyond earth podríamos decir que era aquí donde se encontraba el verdadero arácnido, con el deslizamiento de las yemas de los dedos de Séverine Ballon por los hilos que unen a ambos instrumentos, activando uno u otro en función del grado de tensión aplicado sobre violín o violonchelo. De ahí proviene esa música que viene y va, cual olas o fluir de un líquido entre diversos estados, con su tímbrica tan rugosa y enrarecida, en texturas de gran potencia expresiva que raramente escucharemos sobre un escenario. El ataque a los hilos no sólo se efectúa con los dedos, sino con el propio arco; un arco que, ya sobre las cuerdas del instrumento, en sus primeros compases 'convencionales' nos parecía algo escaso de creatividad y poética, en comparación con las partituras previas y con los propios compases iniciales de an ocean beyond earth. Fue ello algo puntual, pues la obra de Liza Lim va ganando empaque a medida que se desarrolla, alcanzando en su totalidad un enorme peso, y casi diría que una suerte de sumatorio de muchas de las técnicas a lo largo del concierto expuestas, constituyendo un colofón rotundo para el mismo.

an ocean beyond earth fue estrenada por una Séverine Ballon que, de nuevo, ha puesto mucho de sí misma en la plétora de recursos técnicos que se despliegan en este ejercicio de imaginación, inteligencia y análisis del timbre. Como en todas las lecturas previas, su interpretación resultó descomunal, de una intensidad sobrecogedora; algo que, con partituras de este calibre de por medio (en una nueva demostración este año en Galicia de las muchas compositoras excelentes que pueblan nuestro tiempo, pues hoy eran mayoría), convierte el concierto en algo verdaderamente especial. La cantidad de público que abarrotaba el salón de actos del MARCO (en un concierto que celebraba el decimocuarto aniversario del museo vigués) fue una buena demostración del interés que este tipo de propuestas despiertan cuando se reúnen a los mejores compositores de nuestro tiempo con sus intérpretes de referencias (algo en lo que el IV Festival Vertixe Sonora está siendo ejemplar). Buena parte de ese público ya había asistido a otra muy interesante charla del musicólogo Emilio Lede, dentro de su ciclo de conferencias Aguzar o oído, en una presentación detallada de las partituras que hoy escucharíamos, así como de sus claves estéticas. Así pues, no eran pocos los que, al concluir el concierto de Séverine Ballon, llevaban casi tres horas disfrutando de una total inmersión en lo mejor de la creación artístico-musical actual, incluso acercándose al escenario tras la cerrada ovación final que recibió la violonchelista francesa, ya fuera para observar de cerca la preparación de los instrumentos en an ocean beyond earth, ya para comprobar el grado de especificidad de la notación contemporánea en las partituras de tan heterogénea propuesta; obras, en su mayor parte, desconocidas previamente por el público gallego; pero es que, tal y como afirmaba hace dos siglos Goethe (con total vigencia), «la mayor muestra de respeto que un autor puede darle a su público es no ofrecerle nunca lo que éste espera, sino lo que él mismo, en las diversas etapas de su formación propia y ajena, considere justo y provechoso». Desde tal punto de vista, lo que la noche del sábado 12 de noviembre nos ofreció Séverine Ballon en Vigo fue una absoluta muestra de respeto.

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