Allá por los años sesenta, el entonces joven y visceral aficionado que a la sazón uno era (amén de un tanto integrista de lo clásico) tuvo su particular caída del caballo en el camino de Damasco. Fue en un concierto en el Monumental Cinema, de Madrid. La obra que abría el programa -Lamentación para Hiroshima de un tal Penderecki- supuso para mí un auténtico cataclismo personal, similar al que, poco tiempo antes había sentido en mi primera audición de La Consagración de la Primavera, de Stravinsky.Tras escuchar días atrás grabaciones de alguna obra de Penderecki, entre las que se cuentan las Lamentaciones y Fluorescencia, además de la Sinfonía nº 3 que se tocó en La Coruña el viernes 15, hay que decir dos cosas: Primera, que negar a estas alturas la categoría del Penderecki compositor sería bastante insensato. La segunda es que hacerse…
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